
Por María Elena Salinas
Syndicated Columnist
CPara quienes pensaban
que no teníamos suficientes modelos a seguir
en el país, el presidente Barack
Obama nos acaba de
entregar una en charola de
plata. Al nominar a la jueza
Sonia Sotomayor al Tribunal
Supremo, el presidente
hizo mucho más que reemplazar
a un magistrado saliente
con otro que él cree
es el mejor para servir al
país en la cúpula de nuestro
sistema judicial. Obama
hizo historia una vez más.
Y con una sola decisión le
dio a millones de norteamericanos
la esperanza de
que ellos también pueden
aspirar a realizar el llamado “sueño americano.”
La jueza Sotomayor
enfrentará el mismo proceso
que todos los otros
nominados para cargos
judiciales. Como era de esperarse,
los críticos ya han
comenzado a atacar. La
han acusado de ser racista
a la inversa, intelectual de
poco peso, y Rush Limbaugh,
el seudo-vocero del
Partido Republicano, ha dicho
que le desea el fracaso.
Se anticipa ya que los Republicanos
sean fuertes en
su interrogatorio a la jueza
Sotomayor durante sus audiencias
de confirmación.
Sin embargo, a menos que
exista un esqueleto en su
armario, o algún secreto oscuro
oculto que refl eje algo
negativo, su confirmación
es casi segura.
La verdad es que no
existe un amplio registro de
grandes dictámenes tomados
por la jueza Sotomayor
además de haberle puesto
fin a la huelga del béisbol
en 1995, y sus críticos meticulosamente desmenuzan
sus comentarios en
decisiones y discursos para
tratar de socavar su apoyo.
Pero lo que hace a Sotomayor
una persona ampliamente
calificada para ser
jueza de la Corte Suprema
según el presidente Obama
y varias organizaciones nacionales
que la apoyan, es,
primero, su experiencia, y
segundo, la increíble historia
de su vida.
Nacida en Nueva
York, de padres puertorriqueños,
Sotomayor ha
trabajado en prácticamente
todos los niveles del
sistema judicial a lo largo
de tres décadas. Fue abogada,
fiscal, y asesora legal
corporativa. Fue nominada
para la corte federal por el
ex presidente George Bush
padre, y elevada a la Corte
de Apelaciones por el ex
presidente Bill Clinton. Ha
sido investigada por ambos
partidos y ha sobrevivido
dos veces al escrutinio en
audiencias de confirmación
en el congreso.
Pero sus logros profesionales
se hacen más notorios
debido a las difíciles
circunstancias de su vida:
Sus comienzos humildes
en el Bronx, el haber sido
criada solo por su madre
después de perder a su padre
a los 9 años, y ser diagnosticada
con diabetes a los
8 años de edad. Sus sueños
de la infancia, su pasión
por los libros, su capacidad
académica. Su fuerza, su
compasión, su valentía, y
lo que ha sido descrito por
muchos que han trabajado
con ella como su agudo
sentido de la justicia.
Mucho se ha dicho
acerca del género y del origen étnico de Sotomayor.
Ella es la primera persona
de origen hispano en ser
nominada a la Corte Suprema,
y, de ser confirmada, se
convertirá en la latina de
más alto rango en la nación.
Esto es ciertamente motivo
de orgullo para las mujeres
y para los latinos. Pero esta
nominación significa realmente
mucho más que eso.
La nominación de
Sotomayor se convierte en
ejemplo para los niños de
las minorías de que no existen
límites cuando ellos
se esfuerzan. Que es posible
alcanzar el nivel más
alto dentro de la profesión
elegida a pesar del color de
la piel, el acento en la voz,
o la herencia cultural.
Para familias de clase
trabajadora, Sotomayor es
prueba evidente de que
crecer en el barrio no es
un obstáculo para lograr la
excelencia en esta tierra de
oportunidades. Trabajando
duro y con perseverancia
se pueden abrir puertas hacia
un futuro mejor.
Madres solas o solteras
pueden mirar a Celina
Sotomayor, la madre de la
jueza, y darse cuenta que
una mujer con una fuerte ética de trabajo y con sólidos
valores familiares,
puede criar dos hijos en
condiciones económicas
adversas, y ser capaz de
proporcionarles una buena
educación, y encaminarlos
por el sendero del éxito.
Es el congreso quien
tendrá la última palabra sobre
si Sotomayor es digna
del más alto honor en nuestro
sistema judicial. Pero al
nominar a Sonia Sotomayor
para jueza de la Corte
Suprema, el presidente
Barack Obama ha dado a
millones de norteamericanos
un buen modelo para
seguir, y ha abierto la posibilidad
que por primera
vez en la historia, el tribunal
supremo del país luzca
más como Estados Unidos.
(Maria Elena Salinas es autora del libro “YO SOY LA HIJA DE MI PADRE:: UNA VIDA SIN SECRETOS.” Conectese a
www.mariaesalinas.com)
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